Domingo de Pascua 2026 – Ciclo A

 

Estimado Joven…

Feliz Pascua de Resurrección.

Hemos llegado a una meta… la meta del Camino de la Cruz… camino que nos trajo a la Luz de la resurrección de nuestro Señor Jesucristo.

En la mañana de Pascua, el Evangelio nos sitúa en un escenario sencillo pero profundamente revelador. María Magdalena llega al sepulcro buscando a Jesús… pero lo primero que encuentra no es una presencia, sino una ausencia: la piedra ya no está en su lugar.

La tumba está abierta. Algo ha ocurrido. Y lo más importante: no fue ella quien lo hizo.

No con una explicación. No con una certeza inmediata. Sino con un signo: Dios ya ha actuado.

Dios ha intervenido en la historia.

La piedra removida se convierte así en el primer anuncio de la Resurrección. Antes de que los discípulos comprendan, antes de que la fe madure, antes incluso de que alguien vea a Cristo resucitado, ya ha sucedido lo esencial:  Dios ha intervenido en la historia.

Y esto transforma también nuestra vida.

Porque muchas veces caminamos como María Magdalena: cargando preguntas, heridas, dudas, cansancio… pensando que todo depende de nosotros, que debemos resolverlo todo, que la esperanza es fruto de nuestras propias fuerzas. Sin embargo, la Pascua nos revela una verdad distinta: Dios siempre va delante de nosotros.

Antes de que llegues con tu dolor, Él ya ha comenzado a obrar. Antes de que entiendas lo que estás viviendo, Él ya está actuando. Antes de que pierdas la esperanza, Él ya ha removido la piedra.

Luego aparecen Pedro y Juan (el discípulo amado). Ambos corren hacia el sepulcro. No tienen todo claro, no comprenden plenamente lo que ha ocurrido, pero corren. Y en ese gesto se revela otro aspecto esencial de la fe pascual: la fe comienza con una búsqueda.

No siempre entendemos. No siempre sentimos. No siempre vemos con claridad. Pero creemos… y por eso seguimos corriendo…

El discípulo amado entra, ve y cree. No porque tenga todas las respuestas, sino porque el amor es capaz de reconocer antes que la razón. La fe no es el resultado de tenerlo todo resuelto, sino la decisión de confiar, incluso en medio de la incógnita.

Y, sin embargo, el signo central permanece: la tumba está vacía. Jesús no está donde lo habían puesto. No está en el lugar de la muerte. No está en el final que todos esperaban.

La Pascua nos enseña que Dios no habita en lo muerto. No se queda en el fracaso, ni en el pecado, ni en la desesperanza. Cristo no está en aquello que te destruye, ni en lo que te encadena al pasado, ni en lo que apaga tu vida.

Cristo está vivo. Y por eso te quiere vivo.

Este es el corazón del anuncio pascual: Dios no se queda donde tú pensabas que todo había terminado. Allí donde tú ves un final, Dios abre un comienzo.

Por eso, esta celebración no es solo memoria de un acontecimiento pasado. Es un gran acoontecimiento para nuestro presente.

Especialmente para tantos jóvenes que hoy viven luchas silenciosas, cansancio interior, búsqueda de sentido, heridas profundas o una fe debilitada.

La Pascua nos habla directamente a todos; No busques vida en lo que te vacía. No busques amor en lo que te utiliza. No busques sentido en lo superficial.

Cristo no está ahí.

Él está vivo. Y te llama a vivir.

Hoy, el anuncio resuena con fuerza en medio del mundo: la piedra ya fue removida. No te quedes fuera. No te quedes en la duda paralizante.

No te quedes mirando desde lejos.

Atrévete a entrar. Atrévete a creer. Atrévete a “ver” y descubrir que la tumba de Cristo está vacìa. A partir de hoy, vivamos sabiendo que la muerte ha sido vencida.

Porque hoy no celebramos una idea, ni un símbolo, ni un simple recuerdo. Celebramos un hecho que transforma la historia y nuestra propia existencia:

La muerte no tiene la última palabra. El pecado no tiene la última palabra. El dolor no tiene la última palabra.

Cristo ha resucitado.

Y si Él vive… por tanto tu historia todavía no ha terminado.

Ahora a vivir…. En Salida.

Felicidades,

Diácono Edwin José